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La infancia es el jardín donde jugamos de adultos

  • Foto del escritor: Inma Rodríguez
    Inma Rodríguez
  • 28 mar
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 9 abr

El impacto de la infancia en el bienestar a largo plazo.



“Miramos el mundo una vez, en la infancia. El resto es memoria”.


En estas líneas, la poeta estadounidense Louise Glück, dentro de su obra Nostos, manifiesta una verdad perfectamente descrita, cuya comprensión alberga la posibilidad de liberarnos de mucho sufrimiento llevándonos a un camino de mayor paz. Para ello, deberíamos prestar más atención a la infancia, pues su experiencia no sólo queda registrada en el cuerpo, sino también en el sistema de creencias, en la psique. Y es a partir de esta etapa vital que miramos, analizamos, interpretamos y vamos respondiendo al mundo según lo hayamos sentido. 


Asimismo, el mundo nos va devolviendo, a su vez, el reflejo de lo que en él hemos ido proyectando acerca de cómo funcionan las cosas, cómo se comportan las personas o quiénes creemos ser nosotros mismos, como si de un espejo se tratara. En este continuo intercambio de imágenes vamos fundamentando, de manera inconsciente, nuestra forma de pensar, sentir y actuar, creyendo que lo que vemos fuera es realmente la causa de cómo nos sentimos por dentro y, por tanto, buscamos cambiar algo de nuestro entorno con el fin de aliviar ese malestar. Sin embargo, la reparación de ese dolor no es una puerta que abrimos hacia fuera, sino hacia dentro. Y la llave, muy probablemente, la guardamos desde la infancia.



El bebé humano es totalmente dependiente desde su nacimiento y su instinto de supervivencia viene en forma de un kit completo que le ayuda a reclamar la atención de su cuidador principal para que cubra todas sus necesidades, tanto físicas como psico-afectivas.


De hecho, la conexión con la madre, tomada aquí como la figura de apego más relevante, es tan profunda que se dan cambios en el cerebro que modifican su comportamiento con el propósito de estar alerta a las exigencias de su bebé. Por ejemplo, niveles altos de cortisol son liberados a la sangre de ella cuando lo escucha llorar o percibe simplemente su aroma. Para que un adulto llegue a ser una persona independientemente sana, debe haber sido antes un bebé dependiente y sentido por su cuidador principal.



Hasta hace poco no se tomaba en cuenta la sensibilidad al dolor de los niños pequeños y las consecuencias de sus efectos a largo plazo. Los bebés tienen conciencia del dolor y su sensibilidad al mismo puede llegar a ser mayor a la de un adulto. Aunque queda mucho por investigar al respecto, sí se sabe ya con certeza que cualquier tipo de estimulación dolorosa, como dejarles llorar con el fin de que se calmen solos, es capaz de dejar una huella profunda en el sistema nervioso central del bebé.


En este sentido, existe una confusión drástica en el conocimiento real de las necesidades de nuestros bebés. Igualmente sucede con la creencia extendida en nuestra sociedad sobre el beneficio de una estimulación social que recomienda la entrada en jardines de infancia y guarderías a edades muy tempranas. Pero, lo que sí sabemos necesitan nuestros pequeños, por encima de la interacción social, es a una figura de apego principal que les atienda completamente. Por tanto, la necesidad real que esta creencia pretende cubrir es la de una sociedad centrada en el adulto, ya que no contempla el valor fundamental que conlleva poner a la infancia en primer lugar, negando así a las familias la posibilidad de conciliar su vida profesional y personal de manera natural.


Ciertamente, es una tarea conjunta ayudar al cuidado de los bebés en la primera infancia con estrategias de buenos tratos, como señalan Barudy y Dantagnan a lo largo de su literatura, entre otros autores expertos en la atención, cuidado y protección a esta etapa sagrada.




“El cuidado mutuo y los buenos tratos son una tarea humana de vital importancia que moldea y determina la personalidad” (Barudy, J. y Dantagnan, M., 2005: Los buenos tratos a la infancia. Parentalidad, apego y resiliencia).


Los niños que tienen vínculos afectivos seguros con su figura de apego principal demuestran un mayor rendimiento en todas las áreas de la vida. Por ello, es crucial en este momento vital del ser humano sentirse querido, protegido, seguro. Los dos, tres primeros años y la vida intrauterina desempeñan un papel muy significativo en el desarrollo de sistemas principales del cerebro humano.


Especialmente, los que utilizamos para la gestión emocional e involucran nuestra respuesta al estrés, siendo una función cerebral compleja controlada esencialmente por el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HPA) y el sistema nervioso central. Lo que sucede en este tiempo dejará, sin duda, una marca importante en partes del cerebro que madurarán más tarde. Esto tiene que ver con el tipo de experiencias que tiene el bebé con la persona responsable de su cuidado o cuidador primario.


La determinación absoluta de las experiencias tempranas del bebé en el bienestar futuro como persona adulta no existe, pues el cerebro sigue desarrollándose a lo largo de toda la infancia hasta la edad adulta joven. Además, después de los 25 años, aunque el desarrollo estructural se estabiliza, el cerebro sigue modificándose gracias a la magia de una de sus características: la neuroplasticidad.


Esta capacidad para aprender y adaptarnos continuamente nos permite seguir adquiriendo habilidades, conocimientos y realizar nuevas conexiones sinápticas durante toda la vida, mientras tengamos una adecuada estimulación neurológica. No obstante, sí es en este periodo del desarrollo temprano del cerebro (0 - 2, 3 años de edad) donde se construyen las mayores conexiones cerebrales, siendo su ritmo de crecimiento el más rápido, pues dobla su tamaño. Por consiguiente, estamos hablando de la época más susceptible que vive ser humano, donde somos más vulnerables al entorno dada nuestra profunda dependencia de él.




¿Cómo podemos efectivamente apoyar el tema del cuidado a la primera infancia?


La respuesta es rotunda: poner a los bebés en el centro de todo, porque realmente lo son. Desde una visión global, el foco de atención en la sociedad actual debería ir desde un universo adulto a un universo bebé, lo que ayudaría enormemente a mejorar las competencias parentales y la conciliación familiar, repercutiendo muy positivamente en el bienestar de todos los involucrados, incluyendo toda la comunidad. Ahora bien, debido al bajo control que como individuos tenemos del funcionamiento de las normas que nos rigen, otra transformación más personal y al alcance de todos sí que es posible: la atención y el cuidado de la infancia como camino de un ejercicio consciente de la propia mapaternidad.



La conexión entre las experiencias traumáticas tempranas y la salud integral está avalada por una amplia evidencia científica. Afecciones como la ansiedad, la depresión, la esquizofrenia, el trastorno bipolar, el trastorno de personalidad múltiple, el trastorno límite de la personalidad o la adicción, por ejemplo, así como las enfermedades autoinmunes, se plantean abordar como síntomas del sufrimiento humano causado en la infancia, cuya raíz se originó en respuesta adaptativa a una situación de estrés prolongado durante el desarrollo de la persona.


Desde esta perspectiva, una experiencia traumática no solo se produce cuando un único hecho traumático ocurre puntualmente (un accidente, una pérdida significativa, una violación, etc.); sino que puede ser de mucha o menor intensidad, pero mantenida en el tiempo (negligencia, abusos, maltrato, etc.). En esta línea, el abandono infantil, generado por un estilo de crianza desconectada de las necesidades del bebé o niño y pobre en competencia parental, es una de las principales causas de una experiencia traumática precoz. La literatura al respecto es abrumadora y, aun así, vivimos todavía en una sociedad que dista bastante de estar informada en trauma. Comprender esto, convirtiendo en pilares centrales una crianza y una educación sensibles al trauma, es el camino hacia el bienestar del individuo y de toda la sociedad.


El concepto de etapa sagrada está inspirado en el libro de la autora Evânia Reichert: “Infancia. La edad sagrada: Años sensibles en que nacen las virtudes y los vicios humanos”. Una magnífica síntesis de las ideas de Wilhelm Reich sobre la buena crianza y el desarrollo infantil, abogando por una educación humanizada desde los años sensibles de la infancia.


 
 
 

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